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  • Jaime Lara Lara

Ética mexicana del trabajo

Actualizado: ago 7

Hay ideas que se apropian del imaginario colectivo y que no necesariamente son ciertas. Una de ellas es que los mexicanos somos seres propensos a la fiesta y que eso es parte de nuestra cultura. La imagen de los carnavales, las fiestas patronales, la cantina y la música popular se asocian fuertemente con esta idea. Particularmente la idea se asocia con el mexicano común, y en no pocas ocasiones se asume que es su falta de disciplina en el trabajo lo que conduce a la pobreza de una proporción significativa de la población en nuestro país.


Sin embargo, la realidad de los números es otra. Entre los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, en México el 29 por ciento de los empleados trabajan jornadas de trabajo excesivas, de 50 o más horas a la semana, cuando este indicador para este grupo de países es solo del 11 por ciento, lo que produce una de los peores indicadores del balance entre la vida y el trabajo en nuestro país. Otros fenómenos comunes en nuestro país que no ocurren en los países más ricos son el trabajo infantil y el trabajo entre los adultos mayores. Entre los niños que deberían estar estudiando la secundaria cerca del 6 por ciento ya son parte de la población económicamente activa. Entre los adultos mayores de 70 años o más el 15 por ciento aún es parte activa del mercado de trabajo.


Ante esta realidad quizá debamos aceptar que no hay realmente un problema cultural en relación al trabajo que explique los ingresos relativamente bajos en nuestro país comparados con los de países como los Estados Unidos. Como dato adicional, una vez que los mexicanos cruzan nuestra frontera norte, a pesar de las restricciones que implican el carácter no documentado de la migración, la baja escolaridad o el poco dominio del idioma inglés, pueden obtener ingresos 4 veces superiores a los que obtenían en nuestro país, con los mayores incrementos para quienes provienen de zonas rurales o indígenas. Es decir, en un contexto institucional, empresarial y tecnológico distinto, el desempeño laboral de los mexicanos medido por el ingreso que pueden obtener es similar al de otros trabajadores con la misma escolaridad de países ricos, siendo las diferencias remanentes de menor importancia cuantitativa y posiblemente debidas a discriminación.


La idea de que los mexicanos pudieran tener una ética menos favorable para el trabajo, quizá no sea entonces más que un mecanismo de vigilancia social que refuerza la norma en la que nadie quiere ser visto como el prototipo del mexicano infectado por la pereza. Habría que preguntarnos también si está idea no está asociada a otras problemáticas de nuestro país. Por ejemplo, hay una diferencia muy marcada entre hombres y mujeres en las tareas de cuidados y trabajo en el hogar, donde las mujeres llevan la mayor carga. Liberar las horas excesivas de las jornadas laborales del estereotipo del hombre trabajador podría dar mayor espacio para una carga más equitativa en las tareas domésticas, y quizá también para nuestro mítico derecho al esparcimiento y la fiesta.

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